Observo una foto de Ben Gurion, el “Profeta del Desierto” en la pequeña casita del kibutz Sde Boker donde eligió pasar sus últimos años, y donde murieron él y su esposa Pola.Es un hombre pequeño, frágil, prácticamente invisible al lado de un inmenso De Gaulleque lo acompaña en la mencionada foto. La casa tiene los lujos propios de un kibutz del desierto: ninguno. Un saloncito de juguete, donde recibía a los jefes de Estado, un baño de los que recuerda a la prehistoria, un despacho que, sin los libros que lo inundan sería un rincón sin ningún atributo, una Biblia subrayada; en la habitación una foto de Gandhi, única , solemne, simbólica. Y, al fondo de aquel humilde y seco espacio, el refugio para protegerse de las diversas guerras que le tocaron vivir. La tumba, alejada algún kilómetro, es tan humilde como él: un espacio de piedra blanca sin decoración ni un texto de homenaje, situada en un pequeño promontorio que permite contemplar esa belleza que hiere del árido desierto que la rodea. Unas piedrecillas encima nos recuerdan que hay gente que la visita. Es difícil, con la concepción actual de la política, tan estrechamente ligada al éxito personal, entender la profunda entrega a una causa que motivaba a los hombres de esos tiempos, una estirpe de idealistas cuya lucha trascendía su propia biografía. “Nunca me he sentido tentado por el honor, tampoco no he anhelado bienes materiales ni rango académico o atributos personales. Pero durante mi visita a su kibutz me ha resultado difícil evitar la envidia en el corazón. ¿podría merecer el honor de participar en su empresa?”. Seis meses después de escribir estas palabras, el hombre que creó el Estado y que intentó dotarlo del ideal de justicia que lo inspiraba, vestía unos pantalones campestres, ordeñaba cabras y recogía aceitunas. A pocos kilómetros de allí , otro símbolo de este torturado país, hacía lo mismo: Golda Meir. Pienso en todo ello mientras contemplo el Neguev. Ben Gurión estaba convencido de que la empresa más importante que debían alcanzar después de crear un Estado normal y justo, donde poder vivir en convivencia árabes y judíos, era dominar el desierto. Reverdercer “traer lo verde” dijo. Por esta razón fundó una universidad donde solamente había piedras y cabras, por esta razón intentó animar a la gente a vivir donde nadie nunca soñó vivir ni en la peor de las pesadillas.
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